Mario Pulido | 30 enero, 2018

Somos de carne y hueso, y hasta tenemos emociones

Por alguna razón nunca me ha preocupado demasiado mi aspecto físico. No es que vaya desalineado por la vida, casi lo contrario, pero no lo hago de forma consiente, de pequeño me educaron con ciertos parámetros de vestimenta y con ciertos hábitos que nunca he abandonado. Pero no los he abandonado por puro desinterés, por pura practicidad.

 

Me explico, mis amigos podían ir con los pantalones rotos, tatuados y con la melena al viento, y yo peinado, con mi jersey con escote en V y mis náuticos en los pies, vamos que lo opuesto a lo que pasaba en mi cabeza, desordenada y delirante. Cuando era joven claro.

 

Y por momentos me encontraba en los lugares más under de mi ciudad, rodeado de mi gente, y mi aspecto nunca estaba acorde a la situación ni al lugar. Nunca me importó, y a mis amigos tampoco, de ahí que fueran mis amigos.

 

En fin, con esto quiero decir que lo que transmitimos con nuestro aspecto pocas veces se corresponde con quienes somos en cada momento, y esto se puede trasladar a todo lo que hacemos. Al hablar, podemos como en el póker engañar a quien tenemos delante, esto es algo que suelen hacer mucho los comerciales, ocultar la ansiedad por cerrar una venta, en casi todos los casos se trata de eso, de mostrarse tranquilo, y en algunos se trata de mostrarse interesado.

 

En definitiva, que nuestros gestos pueden delatarnos si no los cuidamos, que nuestras palabras pueden delatarnos si no las cuidamos, que nuestra forma de escribir puede delatar muchas cosas de nuestra personalidad, de nuestro orden mental, de nuestra ideología política y religiosa.

 

Y en diseño…

 

En diseño, como cuando se libera al artista de sus ataduras, tendemos a expresarnos, tendemos a desmelenarnos conscientemente, a vociferar lo que pensamos, no solemos ser muy sutiles ni suaves, y nuestras ideas son únicas, las mejores, hasta el infinito y más allá. Reivindicando al niño que llevamos dentro, que siempre hemos sido, sin ataduras.

 

Y que hay de malo en ello…

 

Y la pregunta puede ser echa levantando el mentón repetidas veces en plan desafío, con las gafas casi en la punta de la nariz.

 

Nada…

 

El único problemilla esta en que lo que diseñamos no es para ayudarnos a nosotros mismos a nuestro ego y a la afirmación de nuestro yo interior, diseñamos para que los que vayan a ver nuestros diseños interpreten rápida y fácilmente lo que nuestro cliente quiere decir.

 

Tenerlo en cuenta en cada momento, pero no perdáis la magia del niño que lleváis dentro.

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